Dentro del ojo hay una lente natural, el cristalino. Para mirar de lejos se mantiene más plana; para mirar de cerca, un pequeño músculo hace que se curve. Ese ajuste se llama acomodación, y es lo que nos permite pasar de mirar la calle a leer un papel sin pensar en ello.[3]
Con los años, el cristalino se vuelve más rígido y le cuesta cada vez más cambiar de forma. El resultado es que lo cercano se ve borroso, mientras que la visión de lejos no se ve afectada por este cambio.[1][3] Es un proceso lento: por eso lo primero que se nota son esos gestos de alejar las cosas o buscar luz.
Le pasa a todo el mundo. Suele empezar a notarse hacia la mitad de los cuarenta, aunque hay personas que lo notan antes y otras bastante después. Va aumentando poco a poco y suele estabilizarse alrededor de los 65 años.[1][2][3]
La presbicia puede sumarse a la graduación que ya tuvieras. Si eres miope, quitarte las gafas de lejos puede facilitar la lectura a determinadas distancias. Eso no impide que aparezca la presbicia: cambia cómo notas sus efectos. A quien ya es hipermétrope le suele costar más ver de cerca. La presbicia y la hipermetropía son cosas distintas, aunque las dos dificulten la visión cercana.[1][2][3]
¿Por qué la llaman «vista cansada»?
Es el nombre popular, y se entiende: al final del día cuesta más. Pero el nombre confunde. No es que los ojos estén cansados: es un cambio del cristalino, y por eso no desaparece al descansar ni se evita con ejercicios.[3]